Guanajuato: la política adelantada y la deuda con la ciudadanía
- Oscar Ramírez

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Opinión
Oscar Ramírez
Martes 14 de abril de 2026
En Guanajuato, la política ya no espera tiempos: los devora. Las contiendas se aceleran entre destapes prematuros, protagonismos digitales, campañas disfrazadas y una omnipresencia mediática que confirma lo que muchos sospechan: el poder se disputa antes de que siquiera inicie formalmente la carrera. En este contexto, las candidaturas —sobre todo a presidencias municipales— se han convertido en el verdadero botín, mientras que las diputaciones parecen más el resultado de acuerdos en lo oscuro que de procesos democráticos genuinos.
Las primeras batallas, las internas, son el termómetro real de los partidos. Ahí se mide la fortaleza institucional o, en su defecto, se exhiben las fracturas provocadas por imposiciones y ambiciones personales. Hoy, ningún partido en el estado está exento de crisis internas; todos, sin excepción, enfrentan tensiones que revelan una desconexión creciente con sus propias bases.
Morena, que ha logrado expandirse en gobiernos locales y en el Congreso, enfrenta una paradoja preocupante. Mientras presume crecimiento, sufre una lucha interna marcada por la llegada de perfiles provenientes de otros partidos que ocupan espacios clave. Esto no solo genera una deuda moral con su militancia, sino también con quienes creyeron en un movimiento distinto. En Guanajuato, más que consolidarse por estructura, Morena parece sostenerse por inercia nacional, mientras sus bases son relegadas en favor de figuras recicladas. El discurso de la “cuarta transformación” contrasta cada vez más con una realidad que, para muchos, se percibe como una transformación de cuarta.
El PRI, por su parte, avanza en silencio. Aunque debilitado a nivel nacional, en lo local mantiene cierta actividad que parece sustentarse en el regreso de viejos conocidos. Sin embargo, la dinámica interna no cambia: el poder sigue concentrado en unos cuantos, mientras el resto de la militancia juega un papel secundario.
Acción Nacional, tras más de tres décadas gobernando la entidad, enfrenta el desgaste inevitable del poder. Su llamado “relanzamiento” incluye una apertura hacia la ciudadanía que no ha sido bien recibida por todos sus sectores, particularmente los más conservadores. A esto se suman divisiones internas en puntos estratégicos como León. El reto para el PAN no es menor: más que reinventarse en el discurso, necesita una revisión profunda de sus aciertos pero más de sus errores. Porque hoy, más que un “nuevo comienzo”, lo que se requiere es un buen comienzo, uno donde las palabras no vuelvan a quedarse cortas frente a los hechos. Y que “lo dicho y hecho” este bien hecho.
Movimiento Ciudadano, que en algún momento proyectó frescura y crecimiento auténticamente ciudadano, comienza a replicar los vicios que decía combatir. La apertura ha derivado en la incorporación de perfiles provenientes de otras fuerzas políticas, diluyendo su identidad original. En Guanajuato, la historia no es distinta: el partido parece haber sido entregado a intereses ajenos a su militancia, confirmando que cambiar de color no necesariamente implica cambiar de prácticas. Parece seguir el ejemplo y obra de MORENA.
Así, el panorama político guanajuatense refleja una constante preocupante: partidos que compiten por el poder, pero que olvidan para quién deberían ejercerlo. La prisa por posicionarse, las negociaciones internas y la simulación democrática han dejado en segundo plano a la ciudadanía. Y mientras eso no cambie, cualquier elección será solo una repetición de lo mismo, con distintos rostros pero idénticas deudas.


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