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La política del protagonismo y las necesidades en el olvido

  • Foto del escritor: Oscar Ramírez
    Oscar Ramírez
  • hace 10 horas
  • 3 min de lectura

 

Opinión

Oscar Ramírez Sánchez


Si antes había sostenido que la política había perdido su esencia, hoy lo reitero con mayor convicción. O quizá deba decir que quienes se ostentan como políticos, o aquellos a quienes la sociedad les concede tal denominación, han desvirtuado el principio fundamental de la política: la organización de la vida pública para alcanzar el bien común.

 

En México, la política nacional, estatal y municipal parece haberse transformado en una confrontación permanente que ya no se libra únicamente desde las tribunas legislativas o los espacios de gobierno, sino también desde las redes sociales y los medios de comunicación. Sin embargo, no se trata de una lucha genuina por la justicia, la igualdad o el progreso colectivo. Se trata, cada vez más, de una dinámica de señalamientos, acusaciones y descalificaciones mutuas entre actores políticos que han convertido el debate público en un espectáculo cotidiano.

 

No pretendo afirmar que tales acusaciones sean falsas ni tampoco que sean verdaderas. Muchas de ellas involucran asuntos graves que merecen ser investigados y esclarecidos. Lo verdaderamente preocupante es que, mientras las denuncias se multiplican y los discursos se endurecen, el trabajo sustancial parece diluirse. Escasea el debate de ideas, se debilita la construcción de acuerdos y se percibe una preocupante ausencia de resultados concretos para la ciudadanía.

 

Hoy pareciera que el indicador del desempeño político ya no es la capacidad de resolver problemas públicos, sino la cantidad de adversarios exhibidos, la fuerza del ataque mediático o la eficacia de una estrategia de confrontación. Bajo la lógica popular de “ el que me la hace me la paga y” y al ritmo de la tercera Ley de Newton esto se ha vuelto una interminable cadena de respuestas y contrarespuestas, la discusión pública se ha convertido en un campo de batalla donde la polarización genera más réditos que las soluciones.

 

Mientras tanto, los problemas que verdaderamente afectan a millones de mexicanos permanecen vigentes. La inseguridad continúa condicionando la vida cotidiana de muchas familias; las desigualdades sociales y económicas persisten; los servicios públicos enfrentan enormes desafíos; y la incertidumbre sigue presente en amplios sectores de la población. Es cierto que estos temas aparecen constantemente en la agenda política, pero con demasiada frecuencia son utilizados como herramientas discursivas o banderas partidistas, más que como causas que exijan soluciones serias y permanentes.

 

México merece algo mejor. Suena frustrante decir que el país necesita un cambio, porque llevamos décadas escuchando esa promesa en cada proceso electoral. Cambian los colores, cambian los discursos y cambian los protagonistas ( no siempre ) , pero para muchos ciudadanos las transformaciones profundas siguen sin llegar. México merece más que falsos paladines de la justicia y más que quienes convierten la sensibilidad social en una estrategia de posicionamiento político. Merece algo más que la fotografía oportunista junto a un niño de una colonia marginada o un adulto mayor beneficiario de algún programa, utilizada únicamente para construir una imagen pública. Y la necesidad de una exigencia mayor se extiende, incluso aquellos que pretenden sustentar alguna candidatura o cargo público .

 

Sería injusto afirmar que no existen buenos políticos ni servidores públicos comprometidos. Los hay, y su trabajo merece reconocimiento. Sin embargo, en términos generales, el país atraviesa una crisis de confianza en sus instituciones y en su clase política. Una crisis que no podrá resolverse únicamente desde el poder, sino también desde la ciudadanía.

 

Porque si queremos gobiernos responsables, también necesitamos una sociedad responsable; una ciudadanía crítica, informada y participativa que exija resultados, transparencia y rendición de cuentas. La democracia no se fortalece con aplausos incondicionales ni con lealtades ciegas, sino con ciudadanos capaces de exigir que la política vuelva a servir a su propósito más noble: construir un mejor país para todos.

 

Porque cuando la política se convierte en un espectáculo de confrontaciones, quienes siempre terminan pagando el costo son los ciudadanos; pero cuando la sociedad decide exigir resultados por encima de discursos, comienza el verdadero cambio.

 

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